Colaboraciones ...

  AMASAI

      

 

   Había sido un largo camino atravesando pedregales y dunas, soportando el calor del día y el intenso frío de la noche.

  

Muchas veces, la duda les había hecho pensar si no eran unos soñadores sin remedio, que habían embarcado a otros en la aventura de perseguir una quimera. La estrella desaparecía por largos períodos, dejando a oscuras su alma y sin norte sus pasos. ¡Seguir a una estrella que anuncia al Salvador! ¡Qué locura!

  

Le dolían todos los huesos del traqueteo del camello. Por la noche se envolvía en su capa y le asaltaban negros pensamientos. ¡Cómo echaba de menos la vida tranquila y llena de comodidades que había dejado en su palacio para embarcarse en esta absurda aventura!

  

Fue Amasai, su criado, quien le sobresaltó, zamarreándole para sacarlo de su letargo:

-Señor, Señor, la estrella. Ha aparecido otra vez la estrella, mírela. ¿No es preciosa?

 

Gaspar se frotó los ojos y miró al cielo. Pero la alegría que inundó su corazón no procedía de aquella luz tintineante y blanca. Ciertamente, la estrella era más grande, más brillante y hermosa que cuando la vio por primera vez, pero ahora otra luz misteriosa le iluminaba el alma y le empujaba inevitablemente a ponerse en camino de inmediato:

 

-No hay que perder ni un segundo, nos vamos. Amasai, despierta a los pajes y preparadlo todo. Yo hablaré con mis colegas.

 

A pesar de ser noche cerrada se oía murmullo de voces alrededor. Pronto, un tropel de campesinos y pastores inundó la vereda. No había aún amanecido cuando, desde la colina que coronaba el sendero, contemplo absorto el resplandor que procedía del establo. No era la luz del sol, era el sol quien le pedía prestado su resplandor; no era la luz de la estrella, que sólo reflejaba tenuemente aquella luz.

Entonces supo que había llegado al final de la búsqueda y había encontrado la solución a todas sus preguntas.

Por su porte y su atuendo, los aldeanos se apartaron silenciosamente y pudo entrar en el establo. Por fin pudo ver con sus propios ojos lo que tanto había buscado entre libros y discusiones de sabios: “encontró a un niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

 

De su cuerpecito se derramaba una luz suave y cálida, que le penetró hasta los últimos rincones del alma. Gaspar, dijo para sí, “mereció la pena”. “Ahora ya soy feliz”.

 

Junto al niño, María, su madre, se afanaba en ordenar en el regazo la ropita que le traían como regalo las vecinas. Mientras le arrullaba con una canción de cuna, agradecía sonriendo los piropos y ponderaciones que hacían del niño. José, en cambio, estaba mucho más agitado y, mientras saludaba a los visitantes, corría de acá para allá, intentando mantener vivo el fuego donde se calentaba un caldero de leche.

 

Gaspar consideró que había llegado el momento de ofrecer él también su presente.

Amasai!, trae las alforjas.

 

El pobre criado, apenas podía abrirse paso. Llegó sudoroso y casi a rastras, poniéndose de rodillas detrás de su amo. A una señal, entregó un frasco dorado a Gaspar, inclinando profundamente la cabeza.

 

El rey aclaró a María:

-Es incienso, señora, su olor resulta agradable cuando se echa al fuego.

Ella le respondió con un “gracias” envuelto en una sonrisa, pero desvió su mirada hacia Amasai.

 

El pobre criado se sentía abrumado ante la ternura de aquellos ojos e intentaba desaparecer detrás de su dueño, con un difícil movimiento de arrastrarse hacia atrás sobre sus rodillas.

 

-Amasai, ven, acércate, el niño quiere conocerte.

 

Asomó la cabeza y dijo tartamudeando:

-¿Es... a mí, señora?

 

Cuando estuvo cerca, María le miró de pies a cabeza y, apenas imperceptiblemente, volvió sus ojos hacia Gaspar. Éste  se ruborizó, y un estremecimiento le conmovió las entrañas.

 

-Amasai, puedes besarlo, si quieres.

 

A la vez sacudiéndose el polvo, alisándose el cabello y limpiándose la comisura de los labios, apenas se atrevió a rozar la mejilla sonrosada del niño.

 

Pero supo en ese mismo instante que él, el pobre Amasai, había recibido un regalo tan grande que ni los reyes más poderosos pudieran nunca haber soñado.

 Estaba seguro de que a su regreso no tendría otra cosa que contar a su esposa, a sus hijos y sus amigos. El resto de su vida la pasaría intentando buscar las palabras que describieran aquel encuentro.

 

Cerró los ojos y soñaba con el día en que se viera rodeado de sus nietos pidiéndole con insistencia: abuelo, cuéntanos otra vez lo del niño.

 

De sus pensamientos le sacó la voz suave de María:

-Por favor, José, le dijo a su esposo, dale un poco de leche, pan y queso. Este hombre está casi desfallecido.

 

Y al tiempo, le entregó el frasco del incienso. José miró dentro e hizo un gesto de extrañeza, sin saber si el contenido era un condimento exótico o un remedio para algún tipo de mal. De todas maneras, tomó la precaución de colocarlo en alto sobre una viga, por miedo a que pudieran comérselo las gallinas.

 

--- 0 ---

 

Los días siguientes, Gaspar, no podía olvidar la mirada de María. Imperceptible para los demás, a él le había dejado inquieto y preocupado.

Comenzó a observar a su criado. Ahora pudo darse cuenta de que cojeaba un poco de la pierna derecha y se ayudaba para caminar apoyando su mano en la cadera; en cuanto a la túnica, poca protección le daría contra el frío.

 

Le impresionaron sus pies: las sandalias, de tan gastadas, dejaban al descubierto unos talones endurecidos y llenos de grietas. ¡Dios mío, cómo había envejecido! ¡Por qué no se había fijado en él hasta ahora!

 

Tomó una decisión rápida y se fue a hablar con Melchor y Baltasar. Cuando los pajes observaron la discusión bastante acalorada entre los reyes, llena de negativas con la cabeza y de gestos de firmeza, golpeando con el puño sobre la mano abierta, entendieron que algo serio se estaba cociendo y que, muy probablemente, serían ellos quienes pagaran las consecuencias de aquel debate.

 

Gaspar le llamó en voz alta:

-Amasai, mañana quiero hablar contigo.

 

 Temió lo peor y no pegó ojo en toda la noche. Me lo veo venir, se decía, seguro que me larga el cuento de la crisis: que las cosas están muy mal... que esto hay que sacarlo adelante entre todos... que tenemos que apretarnos el cinturón... que hay que reducir gastos..., que él qué quisiera... que hacer esto le da mucha pena... En resumen, que hemos decidido quedarnos con un solo paje para los tres reyes con el fin de ahorrar costos y que no nos parece bien cargarte con tanto trabajo, dado el aprecio que te tenemos. Así que nos quedaremos con Jusuf, el más joven.

 

No quiso comer nada aquella mañana. Su mente la recorrían negros pensamientos, como las nubes que anuncian un temporal:

 -¿Qué voy a hacer ahora? ¿Quién va a contratar a un hombre de mi edad, cansado y medio cojo? ¿Qué será de mi familia, Dios mío?

 

Le extrañó la sonrisa bonachona del rey y cómo se frotaba las manos. No le pareció un mal presagio para la temida entrevista, pero tampoco suficiente indicio como para desechar sus miedos.

-Pero, hombre, qué te pasa ¡si estás temblando! Anda, siéntate, que tenemos mucho de qué hablar.

 

Amasai temblaba más aún, pues jamás le había tratado con esa familiaridad y mucho menos invitado a sentarse en su presencia.

 

-Cuántos años llevas a mi servicio.

-¿No lo recuerda, señor? Apenas era yo un muchacho cuando usted le pidió a mi padre que  fuera su criado.

 

-¿Estás casado? ¿Cuántos hijos tienes?

 

-Mi esposa se llama Alina. Y tengo tres hijos pequeños, las dos niñas ayudan a su madre con la casa, el huertecillo y las gallinas. El varón anda a lo que sale, pequeños trabajos en el campo o pastor... ya sabe, señor, cómo es la vida de los pobres. Fíjese que con los ahorros de este viaje pensábamos comprar un borriquillo...

 

Iba a añadir yo comprendo que las cosas están mal, en un intento de allanarle el camino para lo que estaba seguro iba a decirle.

 

Pero Gaspar le interrumpió:

-Bueno... vamos a ver... te he estado observando estos últimos días y... (Amasai se restregaba las manos, cada vez más nervioso, y pensando: ¡ya! ¡es ahora cuando me lo va a soltar!).

 

De pronto, los ojos se le abrieron como si su entendimiento necesitase más luz para comprender lo que estaba oyendo; su cansado corazón latía de manera alocada, necesitaba recibir más aire en los pulmones, por eso casi jadeaba.

 

Y supo que no era un sueño lo que sucedía porque el rey depositó en sus manos una bolsita de cuero haciendo tintinear las monedas mientras se la entregaba.

-...he pensado, continuó Gaspar, que tendrás que comprarte una túnica nueva y una capa para envolverte en las noches frías. Busca al mejor zapatero y que te haga un buen calzado a tu medida. No quiero que un criado mío vaya por ahí como un andrajoso y casi descalzo.

 

El pobre Amasai se alejó medio mareado por la emoción y comenzó a caminar sin rumbo dando trompicones acá y allá. Luego volvió sobre sus pasos, se postró en tierra e intentó besarle los pies. La palabra “gra-ci-as” le salió a trozos.

 

Gaspar le ayudó a incorporarse, se reclinó en el sillón y adoptó su postura favorita, la que denotaba un estado de completa felicidad: con los dedos entrelazados sobre su barrigota hacía girar los pulgares como si se persiguiesen en el uno al otro, primero en un sentido y luego en el inverso, mientras adornaba su cara con gesto socarrón, que se convertía en sonrisa: je, je, je...

 

 

Cuando Amasai se alejaba de él, todavía le dijo:

-¡Ah!, se me olvidaba, y cómprate también un buen borrico para la vuelta a casa. El camino será largo, porque tendremos que dar un rodeo.

Y le gritó, ya lejos:

-Que sea para hoy, porque tenemos que despedirnos del Niño, de María y de José.

--- o ---

 

   Antes de entrar, Gaspar ya supo que María conocía lo sucedido, porque percibió el suave aroma del incienso. Efectivamente, José había puesto unos granitos sobre las ascuas. El niño estaba  dormidito en el regazo de su madre. Ella miró a Amasai de arriba abajo con un gesto de aprobación y entonces ofreció el niño a Gaspar para que lo besara.

  

Mientras tanto, los ángeles cantaban:

¡¡¡Gloria a Dios en el Cielo

y Paz en la tierra a los hombres,

a quienes Dios ama!!!

 

   De un golpe, Amasai lo vio todo con claridad: esta vez no se le fue por alto la mirada de María a su amo.

Yo seré viejo, pero no tonto, se dijo.      

   --- 0 ---

 

Cuentan los campesinos de aquellas montañas que una extraña caravana atravesó sus aldeas. Nunca habían visto unos reyes tan alegres ni unos pajes con tan buen porte.

 

Reunían a todos en la plaza y gritaban:

-Ha nacido el Salvador. Lo han visto nuestros ojos y ha transformado nuestros corazones. ¡¡Id también vosotros a Belén!!

 

                     Fin.

--- 0 ---

                

Para mi querida parroquia de Mesas de Asta.

          Para los niños que este año harán su Primera Comunión.

Para sus padres y familiares.

Y para...

 

 

               José Palomas Agout

Navidad 2010


10/12/2010
Autor: JOSÉ PALOMAS AGOUT

  AÑORANZAS

 

 

 

 

Cuan presto se va el placer

como después de acordado

a dolor;

como al nuestro parescer

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

 

Jorge Manrique (Siglo XV).

 

Bien es sabido que, con el paso del tiempo, los hechos acaecidos años atrás los magnificamos en sus virtudes y los limamos en sus defectos incluso hasta, a veces, convertirlos en anécdotas agradables que complementan la grandiosidad de lo ocurrido en el pasado.

          Escribir sobre Sanlúcar siempre me resulta difícil y, más aún, si tengo que hacerlo tan lejos en la distancia, pero, a la vez, tan cerca entre tantos recuerdos que cuelgan de las paredes de mi leonera y que hacen que mis pensamientos estén siempre en mi tierra, entre mi gente, viviendo el presente de cada día y, al mismo tiempo, teniendo la dicha de poder soñar y tener vivo en todo momento el pasado de mi adolescencia sanluqueña.

          Los años han pasado y casi no me he dado cuenta. Muchas cosas han ido cambiando en Sanlúcar y muchas de ellas las echo de menos. Imagino que también las echarán en falta muchas de las personas que lean estas líneas. Mi padre siempre me decía que recordar el pasado es muy hermoso porque es casi como volver a vivirlo.

          Cuantas veces al pasar por la calle Ancha añoro no contemplar aquella enorme pizarra escrita con tiza indeleble al viento y a la lluvia que colgaba de la fachada del bar Colón; y ver a Manolo tan aquella ancestral barra en la que se apoyaron a los años de los años inmortales figuras del toreo que acudían a saborear algunas cañas de manzanilla tras la faena.

          Y cruzando en la misma esquina de la calle estaba Paco con su canasto de burgaos, cangrejos y pescado seco. Casi siempre le compraba dos duros de burgaos y una tira de aquella exquisita cornuilla. Ambas cosas me las iba devorando camino de la playa, andando por La Calzada, aunque a veces, si me sobraba un durito, aprovechaba un sitio libre en el pescante de algún coche de caballos que iba camino del final de La Calzada y me evitaba ir andando. Recuerdo que al final de La Calzada estaba el majestuoso edificio de los “Baños Calientes” (que en la Feria era la Caseta Municipal) y la sala de fiestas del verano “El Chimpún”.

          Una vez en la playa y llegado a una de aquellas maravillosas y tradicionales casetas me disponía a sacer aquel típico toldo lateral que, junto al superior, formaban una auténtica habitación a la orilla del mar. Ponía la sombrilla en la orilla, el búcaro a la sombra y a esperar a mi madre que llegara con la comida. Comer en la playa, en la caseta, a la sombra del toldo fue siempre para mí un auténtico acontecimiento. Incluso, en ocasiones, comíamos con el agua en los pies porque las mareas de Santiago eran tan largas que llegaban hasta las casetas, y los chiquillos hacíamos murallas de arena con nuestras palas y rastrillos para utópicamente detener a la marea que siempre nos sobrepasaba.

          Y qué me dicen de las reuniones que todas las tardes hacían las Marías en torno al transistor para escuchar las desventuras de “Lucecita”; y los cafelitos de las seis con aquellas cuñas de bizcocho y chocolate que Pampín nos vendía por la mismísima playa.

          Y cómo no, aquella frase consagrada por el uso de: “Mamá que me voy a las Piletas”.

          Ay, Las Piletas. Qué paseo tan maravilloso era ir a Las Piletas por la orilla del mar con los amigos o con aquella chica que nos traía de cabeza con su encanto. ¡Cuántas parejas de novios se habrán hecho camino de Las Piletas! Y allí, como un rey en su trono, estaba Leopoldo con su vasito de agua y sus altramuces esperando a los cansados caminantes. Qué fresquito hacía siempre en Las Piletas. Y cada tarde, el ferrobús nos saludaba con su agudo pitido al pasar por aquel puentecillo del camino donde nos encantaba gritar porque retumbaba la voz.

          Los más atrevidos osaban ir hasta el Castillo, donde entonces llegaba la pleamar que golpeaba con fuerza las rocas despeñadas de aquel antiguo brazo de tierra. Las grandes olas formaban un estruendo al golpear la roca y salpicaban su salada claridad a todo el que merodeaba aquel entorno. Y el espléndido paisaje de la barra del río que ahora contemplamos cómodamente con el coche desde la urbanización, era antes un placer que gozaban sólo los arriesgados escaladores que subían “a lo alto del Castillo”, que constituía entonces una proeza de adolescente merecedora de un beso en la mejilla por parte de nuestra chica que contemplaba la hazaña desde la playa.   

          Todavía recuerdo a los aguadores con sus borricos cargados de cántaros recorriendo la playa; y a Manolo con sus “sultanas de coco y huevo”; y aquel célebre pregón del señor de la reolina: “¡Qué ricos caramelos! ¡Arropías largas y adoquines!

          ¡Qué veranos aquellos! ¡Cuánto siento que mis hijas y todos los chiquillos de ahora no hayan conocido las casetas en la playa!

          Y por la noche, cómo no, al Cinema; daba igual lo que pusieran. Allí nos reuníamos a hacer manitas, a transmitir mensajes a nuestra amada a través de otros amigos, a comer pipas y, a veces, hasta incluso a ver la película. Pero no había problema porque como la ponían dos veces seguidas, la veíamos al final. Recuerdo las tres categorías de entrada: escalones, sillas, y butacas. Qué juerga nos pegábamos pasándonos de unas a otras. Ver tantos carrillos dispuestos frente al Cinema era un verdadero espectáculo de chiquillerío comprando las chucherías para meterse en el cine. Me encantaban, además de las pipas, el pan de higo y los membrillos (los gordos valían entonces a dos pesetas).

          Y, por supuesto, no había de faltar un heladito de Casa Toni; me refiero claro está al antiguo establecimiento que está a la izquierda del actual y es utilizado ahora para guardar las mesas y sillas. Recuerdo anécdotas con Fina tales como cuando yo entraba y le pedía cinco cucuruchos de vainilla  de a peseta; y Fina me decía:         

-Pero Diego, ¿no prefieres un cucurucho de a duro?

A lo yo respondía: -No Fina, porque con los cinco de a peseta me entra más mantecado.

          Ya todo estaba calculado. Muchas veces nos reímos cuando en alguna ocasión le recuerdo estas cosas de hace tantos años.

          En ocasiones iba con mi padre a Casa Balbino, a comprar los utensilios necesarios para pescar. Sí, digo bien: para pescar; porque Casa Balbino era el mejor almacén (o “armacén, como dice mi madre) que había en Sanlúcar. Tenía de todo: desde útiles para pescar, botones, hilos y zapatos hasta cuerdas de todo tipo y tamaño, y yo qué sé más…; vamos, lo que usted pudiera imaginar, en Casa Balbino lo había. Y de comestible, ya no hablemos ¡qué jamón! ¡Qué embutidos! Me encantaban aquellas grandes cajas circulares de madera con las sardinas arenques perfectamente dispuestas. Y el no va más era cuando Balbino se ponía a tostar café. El aroma inundaba toda la Plaza del Cabildo. Qué placer era respirar aquel delicioso aroma; parece que lo estuviera oliendo ahora mismo. Y el trato amable y simpático que reinaba siempre allí, cosa que aún perdura en la actual Casa Balbino, hoy transformada en célebre taberna típica sanluqueña donde siguen teniendo un jamón que quita el “sentío” y el mejor salmorejo del mundo.

          Otro sitio emblemático recientemente trasladado era la célebre taberna “La Taurina”, de la calle Regina. Todavía recuerdo cuando mi padre tenía abierta la Academia de Guitarra al lado y nos reuníamos allí por la tarde-noche cantaores y guitarristas: Pepe Sanlúcar. José María Díaz “El Forestal”, Rafael Anciá, “El Niño Sanlúcar”, el Nono, el Lin y una largo etcétera que se daban cita para cantar y tocar con mi padre. Bueno, pues muchas veces entre cante y cante nos íbamos todos a “repostar” a “La Taurina”. Allí Juan Enrique nos ponía unas tapitas y unos cacharos que nos resucitaban.

          Entrar en la Taurina era aislarse del mundanal existir y navegar en el tiempo por la historia de la Tauromaquia. Fotos, carteles, utensilios de la Fiesta, una cabeza de toro presidiendo… No hay que olvidar que Juan Enrique fue novillero y formó cartel con Limeño y mi tío Manolo Gómez; tengo una vieja foto entrañable en la que se ve a los tres toreros juntos dando la vuelta al ruedo en la Plaza de Toros de Sanlúcar. Cuánta pena sentí cuando me enteré que ya definitivamente desaparecía “La Taurina” de su primitivo lugar. Era, junto a la Academia de Guitarra de mi padre, la alegría de la calle Regina.

          Una lágrima acaba de caer sobre el papel donde escribo… son tantos los recuerdos… se podrían contar tantas cosas…

          Ay, Sanlúcar. Cómo te echo de menos; cuando me duele no poder tocarte y sentirte cada día. Sin embargo, me das la vida cada vez que vuelvo a respirar tu aire, a sentir tus calles, a oír tu voz, a contemplar tu puesta de sol desde Bajoguía, a oler tus aromas de manzanilla, a escuchar la chasca cada primavera, a embriagarme cada verano con el perfume de los nardos de la Señora cuando pasa por su alfombra, a la caricia del viento de poniente sobre mi cara, a mirarme en el resplandor de tu Río, a llenarme hasta inundarme con tu luz…

          Ay, Sanlúcar, no imaginas cuánto te quiero.

 

 

 

Publicado en “Sanlúcar de Barrameda”. Gráficas Santa Teresa, nº 34. 1998.


16/02/2016
Autor: DIEGO GÓMEZ REYES

  BOREAL, EL ÁNGEL

-“¿Cómo están las cosas por ahí abajo, colega?”

El que hablaba era el jefe de la “Oficina de Recepción y Procesamiento de Datos Enviados por los Ángeles Custodios”, aunque las malas lenguas le llamaban “El tecla”. Claro que, para compensar su aburrido trabajo burocrático, disfrutaba de una coqueta oficina con vistas a la nebulosa Andrómeda.

-“Psssché”, respondió él. “¿Y a ti, qué tal te va ahora con el trabajo informatizado? ¿Divino, verdad?”

-“¡Si yo te contara! El programa no admite ni el cinco por ciento de los informes. Cuando intentas llenar la casilla <buena obra realizada>, zas, te la rechaza. Acciones fastuosas que han merecido el reconocimiento y no sé cuantos premios, son denegadas. Y si pinchas en <ayuda> y luego en <causa del rechazo> responde invariablemente que <faltan requisitos esenciales>.

Sin embargo hechos que nadie tomaría en consideración, que los ángeles agregan para inflar el trabajo, como si fueran adolescentes de segundo, entran sin ninguna dificultad.

¡Misterios del baremo!, que digo yo. Pero es el jefe quien lo ha diseñado y él tendrá sus razones”.

-Y a propósito de jefe, hoy me ha citado para la entrevista anual. Y pienso yo que, si Dios es infinitamente sabio y todopoderoso, ¿por qué le gustará tanto preguntar, dialogar, interesarse por cuestiones aparentemente triviales, saber tu opinión sobre tal o cual asunto?

-“Es probable que por esto mismo sea tan sabio y poderoso”, le respondió “el Tecla”.

El ángel que le vino a buscar era feucho, bajito y con gafas de culo de botella. Llevaba una carpeta bajo el brazo y tenía prisa, porque miraba continuamente la situación de las constelaciones para saber con exactitud la hora. Entonces, movía la cabeza y mascullaba algo que hacía entender que todo marchaba con retraso.

Mientras recorría el largo pasillo detrás del secretario, se alisaba las plumas y ensayaba algunos gestos. A pesar de ser un ángel, estaba un poco nervioso.

-“Dios te está esperando”, le dijo el de la carpeta.

Se fijó en los letreros relucientes con títulos larguísimos, que colgaban en las puertas de las oficinas del cielo: “Asesoría fiscal de ángeles desplumados”; “Recaudador de jaculatorias no incluidas en las indulgencias plenarias”; ”Ángeles custodios: servicio veinticuatro horas”; etc.

Sin embargo en éste suyo, un sencillo cartel de “pase sin llamar” invitaba a entrar.

-“Hombre, Boreal, ¡cuánto bueno por aquí! Me alegro de verte. Pero, ángel de Dios, deja de revolotear como una libélula, que vas a terminar destrozado”. Y además, ¡¡¡me estás poniendo nervioso!!!

-“Pero yo he leído que Dios no…”

-“¡¡Bah¡¡ ¡¡Los teólogos!! Se pasan el día rizando el rizo”. Yo mismo no me reconozco cuando leo lo que escriben. Me llaman Divinidad, ¿Puedes creértelo?

Pero vamos al grano, cuéntame cosas”.

-“Pues verá, Señor, he escrito un informe… aunque no sé por qué lo he escrito, porque Vd. se entera de todo… quiero decir que no necesita enterarse porque lo sabe de antemano… o sea que no es que nadie se lo haya dicho, sino que desde siempre… es decir no desde siempre porque éste es un concepto  temporal y Vd. vive desde toda la eternidad…no es que viva, ni que exista, sino que es… quiero decir que no es que sea, sino que…

(Y así continuó un larguísimo discurso. Entre tanto, Dios movía nerviosamente los pies debajo de la mesa y pensaba para sus adentros: “Este Boreal nunca anduvo muy sobrado, la verdad”).

Dio un suspiro de alivio cuando el de las gafas asomó tímidamente la cabeza y dijo: “Señor, acabó el tiempo”.

Mientras lo acompañaba a la salida, Dios, le echó el brazo sobre los hombros, al tiempo que le decía:

-“Amigo Boreal, ¡lo estás haciendo muy bien!  Tú sigue dando vueltecitas por la zona que te asigné, pero sin complicarte mucho la vida, ¿sabes? Yo hablaré con unos amigos para que no te quiten ojo de encima y te ayuden con tus informes. Se trata de una familia extraordinaria.

Iba a añadir: “!Claro¡, si fui yo quien inspiró la idea de crearla”, pero no quedaría bien que Dios se apuntase tantos como si fuese un concejal cualquiera.

 No obstante, cuando salió el ángel, se echó hacia atrás en el sillón de nubes y adoptó su postura favorita: entrelazando los dedos sobre su barriga, hacía que un pulgar persiguiera al otro y luego al revés. Esto lo relajaba bastante. Entonces no pudo resistirse, miró a uno y otro lado para asegurarse de que estaba solo  y dijo:

 

-“Je,je,je, en verdad tuve una idea genial”.


Para los diáconos permanentes y las esposas.                   

Jerez de la Frontera, 17 de Marzo de 2012.                                              


12/04/2012
Autor: JOSÉ PALOMAS AGOUT

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